A pesar de haber nacido en una isla, no siempre se pertenece al mar. Así me ocurre. Nací y viví en Margarita hasta los veinte años, en La Asunción, que muy poco o nada tiene que ver con la vida marina. Íbamos a la playa a comprar pescado o a bañarnos los fines de semana y en vacaciones. No sé del quehacer marinero, de pesca ni de navegación.
Quizás entonces, esa distancia no geográfica tenga que ver con mi temor al mar de noche, que surge, sin que me de cuenta, con el atardecer, cuando va cambiando su color y se torna oscuro y misterioso con la llegada de las sombras.
Se trata de paisajes nocturnos, con luminosidad atribuida, propia del mar a la luz del sol, con ardentías exageradas, cuya intención es borrarle la oscuridad de la noche, que pierda su tenebrosidad, en retaliación por tantos años miedo. Pintados a ratos, sin rigor de estilo, con diversos técnicas y sobre diversos sustratos, con aciertos y equivocaciones y muchas veces, con largas calmas.
¿Pero tienen algo que ver los paisajes con los boleros? Por supuesto.
El bolero y el paisaje guardan grandes similitudes. Ambos son géneros ampliamente ejecutados. Los dos son románticos y llevan consigo una buena dosis de cursilería. En muchos casos reciben un trato áspero o displicente de los críticos y, aun así, continúan teniendo aceptación.
Aunque con cada nueva versión de bolero pareciera que se agotan sus posibilidades, siempre surgen clásicas o nuevas ejecuciones que nos sorprenden y cautivan, Omara Portuondo e Ibrahim Ferrer, cantando como en los años cincuenta, Diego El Cigala con Bebo Valdés, Gaetano Veloso, Concha Buika, Luz Casal, Rita Payés, con estupendas versiones de viejos boleros y de nuevas composiciones.
¿Pero tienen algo que ver los paisajes con los boleros?
Por supuesto.
El bolero y el paisaje guardan grandes similitudes.
Por otra parte, mi abuela Lorenza, que admiraba a Julio Jaramillo, escuchaba religiosamente el programa que Radio Nueva Esparta dedicaba a este inolvidable cantante.
Lo otro que hacia ineludible la presencia de los boleros en nuestra cotidianidad era el silencio de La Asunción, que por las noches dejaba escuchar el oleaje de Guacuco, mezclado con la música de las rockolas, boleros en su mayoría, que nos involucraban en despechos ajenos.
Lucho Gatica “… hoy mi playa se viste de amargura porque tu barca tiene que partir…”
Felipe Pírela con La Billo’s “… azul que tienen el cielo y el mar…”’
Javier Solís, Aldemar Dutra, La Lupe, Tito Rodríguez, Alfredo Sadel, José Feliciano…
Es esta suma de recuerdos el origen del conjunto de pinturas que integran la serie Noche de Mar. Paisajes, que llevan títulos tomados de letras de boleros que le cantan al mar y al amor, intentando incorporar sonoridad a la pintura, que el título nos evoque la música, y a su vez, la música nos traiga a la memoria la imagen de la pintura.
Su inmensa masa de agua, en incesante movimiento, se transforma en una especie de monstruo gigantesco, que respira jadeante, acechándome, y que de cuando en cuando me sorprende y ataca a traición con un estrepitoso bramido de olas y profusión espumas. Verlo de noche es lo que me aterra.
Pero, con el amanecer todo cambia y el sol se encarga de resarcirme por el miedo de la noche anterior, y entonces, el mar se vuelve placido y maravillosamente grato al tacto y a la vista, por su temperatura y su infinita gama de azules, verdes y turquesas transparentes que tanto disfruto.
Estos sentimientos encontrados respecto al mar, me han acompañado desde siempre.
“Ya no estas más a mi lado corazón y en el alma solo tengo soledad…”
Recuerdos de mi infancia y adolescencia. Boleros, que oía desde niño, pues Gloria, la persona que ayudo a mi crianza, los cantaba mientras hacia los oficios de la casa,
“… y si ya no puedo verte porque Dios me hizo quererte para hacerme sufrir mas…”
Ocurre también con el paisaje, se podría pensar que, con las conclusiones de Cézanne, donde abre el camino al cubismo, no quedaba más por hacer con el paisaje, sin embargo, el tema persiste y muchos pintores, después de trabajar en temáticas radicalmente distintas, se dejan seducir por la naturaleza, retoman el paisaje y lo convierten en el tema esencial de su obra.
Siempre habrá ejecutantes y espectadores para estos dos grandes géneros, tan ligados al sentimiento y al recuerdo. Con seguridad, siempre habrá alguien a la espera, quizás sin saberlo, de un bolero para escuchar y de un paisaje para colgar en la sala de su casa.
Parafraseando a Jorge Luis Borges, Ojalá sea usted el espectador que este paisaje, con título de letra de bolero, está aguardando.
Alberto Yáñez.
Caracas 2022